Cerca del norte

Para llegar al éxito hay que trabajar, perseverar y luchar, mucho, pero cuando hablamos de un concepto así, de algo tan relativo, antes habría que definir la palabra éxito, delimitarla. Cuando pensamos en éxito pensamos en el reconocimiento público de tu trabajo, el reconocimiento masivo, los halagos eternos, el dinero. Pero el éxito debería de ser otra cosa. El éxito en realidad es otra cosa, algo mucho más íntimo. Ha saboreado el éxito a gran escala, pero si realmente ha triunfado es por haber logrado convertir su pasión, la música, en su forma de vida. No hay mayor éxito que ese. Lo ha logrado gracias a su talento pero sin trabajo, perseverancia y lucha, el talento es un arma vacía.

El talento es una confluencia mística o genética de factores que hacen que por circunstancias del destino seas bueno en algo, tengas la cualidad innata de hacer algo mejor que los demás. A veces lo descubres porque ese talento se convierte en la necesidad vital de ser desarrollado. En un impulso desde temprana edad. Otras veces se descubre por azar; otras porque alguien descubre ese talento en ti, y tú ni te habías dado cuenta. César nació rodeado de la música de sus padres y su abuelo, con talento para ella y desde temprana edad al ver sus cualidades se le animó a trabajar en él, a desarrollarlo, pero su camino le fue revelado definitivamente cuando por accidente escuchó en la televisión una canción de Los Rodríguez. La revelación casi divina de cuál era su camino, lo que quería ser y hacer. Había nacido César Pop y él ni lo sabía.

Con talento y trabajo, sólo hay que esperar a que la inspiración llegue, pero como él dice, “la inspiración te tiene que pillar trabajando”. No es más que el producto lógico de un talento trabajado. Contaba Juan José Millás que en una ocasión se despertó sobresaltado en medio de la noche ante la revelación de un tema mágico sobre el que escribir su próxima novela. Un descubrimiento único y brillante. Corrió somnoliento a por una libreta, apuntó aquella fantástica idea y satisfecho volvió a acostarse. Cuando despertó emocionado a la mañana siguiente, lo único que encontró apuntado era la palabra “amor”.  La inspiración puede parecer algo mágico, divino, un etéreo soplo de genialidad de las musas, pero no es más que el fruto de una pasión bien llevada y sin duda, mejor que te pille trabajando y no durmiendo. Así compone César: con pasión.

La pasión es omnipotente. Es una fuerza que te impulsa, que te arrastra, que te obliga a hacer y vivir, y que te hace feliz. Es un dios mucho más poderoso que cualquiera de los creados por el hombre, porque a diferencia de los dioses que conocemos, ningún hombre la ha inventado nunca. La pasión existe sin más. No necesita de altares ni iglesias, de templos o imágenes. La pasión sólo necesita sentirse y expresarse. Emoción.

Es lo único que César busca: emocionarse. Expresar la emoción que siente cuando escucha música, cuando crea, cuando canta o toca. Perder esa emoción primigenia, dejar de emocionarse es, como él dice, la muerte de todo artista. Un triste final que sabe que existe porque lo ha visto o lo intuye en personas con las que en su vida profesional ha coincidido. El final más amargo. Partitura en blanco eterno que se cuartea y resquebraja hasta convertirse en polvo. Final de la vida.

César Pop, César García Miranda, músico y compositor naviego es trabajo, talento, inspiración, pasión y emoción. Una partitura que todos los días se llena de vida y música, negro sobre blanco. Un poema cantado, cerca del norte.

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