Horizontes ficticios

Asturias es un mundo en sí misma. Explicarle a alguien que no la conozca y más concretamente que no conozca nuestro territorio, que se tarda a día de hoy una hora y media en cubrir los 76 km que separan Puerto de vega de Grandas de Salime es un poco difícil. Sale una media de unos 50 km/h. Por ejemplo, en llegar a Luiña, una de las poblaciones más al suroccidente en el Concejo de Ibias, se tarda casi 3 horas. En ese tiempo uno desde Puerto de vega llega a Santander haciendo más del doble de kilómetros. No me extraña que Roberto cuente que su primer gran viaje fuese el que le llevó del Espín en Coaña a Grandas de Salime tras comprar su primera moto, y lo cuente casi como una Odisea, un viaje heroico del que salió vivo de milagro a causa de una carretera en obras, la inexperiencia y el barro. Y es que es una constante que las carreteras estén en unas condiciones muy deficientes cada vez que te alejas de la costa asturiana occidental hacia el interior. Calzadas sinuosas, estrechas, viejas. Carreteras que un amigo me dijo, no sin razón, que no estaban hechas para el ir, sino más bien para el no salir.

 

Aparcamos justo delante de su casa en Grandas, un buen lugar sino para siempre, sí para toda la vida. Su casa está inevitablemente relacionada con su pasión. Enseña orgulloso su amplia colección de libros de viajes en moto. Nos recomienda algunos y nos disuade sin tapujos de otros. Nos muestra su particular estación de radio desde la que transmite su programa, prolongación de su reconocida página viajoenmoto.com, donde cuenta el detalle desapercibido, la sensación personal e íntima del viaje. Y entre historias y anécdotas vamos descubriendo a Roberto Naveiras, hombre inquieto pero tranquilo al que le gustaría que su vida fuese un viaje continuo. Un continuo ir con un incierto venir. La superación constante del horizonte, de ese horizonte visible pero intangible, de ese espejismo que embelesa al viajero, esa irresistible e infinita atracción como él mismo dice, a ver qué hay más allá.

Cuenta con pasión las anécdotas, volviendo al pasado una y otra vez. Las buenas y malas experiencias. Los momentos felices y los más dramáticos. Como la misma vida. A veces arriba, a veces abajo, pero irreductible en su determinación de seguir siempre adelante, robando el secreto al horizonte.

Con nostalgia relata sus viajes, rememorando esos pequeños detalles que le dan el sentido a todo. Porque Roberto no viaja para el monumento, para la foto, para el yo estuve allí. Viaja para disfrutar de las pequeñas cosas. Para sentir. Para oler el aire de cada rincón, para hablar con las gentes, para tocar, saborear, ver y descubrir el misterio que encierra cada segundo en cualquier lugar y que a veces, no encierra nada, pero lo tiene todo. El silencio que atruena en el desierto del Sahara occidental o en las montañas del Rif. Que vocifera nuestra insignificancia ante su magnitud. El silencio.

Viajar siempre merece la pena. Transmite esa máxima una y otra vez, la contagia, cree en ella como dogma, mandamiento primero de su particular religión. Llega de un viaje y su cabeza hace tiempo que comenzó a planear el siguiente. Es un continuo. No hay fin. La vida unida al viaje. El viaje como forma de vida. La vida sobre dos ruedas, siempre al asalto del horizonte ficticio.

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